lunes 26 de octubre de 2009

Lo que se pierden los amigos.

Un lugar comun es... la compleja relación de amistad entre el varón y la mujer.

Me miró de frente con una sonrisa en los labios, pero con un marcado enojo en la frente. Yo no salía de mi asombro. “¿Cuánto tiempo más te vas a estar haciendo el imbecil?”, siguió en un tono en el que nunca la había escuchado. En frente tenía a una gran mujer, una muy buena persona con quien había compartido mucho tiempo y tal vez por eso también había sido un gran amor oculto. No me dio tiempo de pensar cuando me embocó una cachetada de telenovela mexicana. Con mi velocidad que me caracteriza sólo pude decirle “yo no fui”. Después de tamaña expresión la furia la envolvió por completo y ya casi a los gritos me dijo “yo no termino de darme cuenta si se puede ser tan boludo o si es que sos puto”. Como pocas veces en mi vida ser ‘tan boludo’ me pareció un halago: nada peor que la mujer de la que alguna vez estuviste enamorado te diga puto. Yo la vi tan fuera de sí que avancé hacia ella y le di un abrazo casi asfixiante. Al principio le costó dejarse agarrar, pero luego se aflojó. En la proximidad me di cuenta que sin estar del todo borracha la cerveza que habíamos repartido tan generosamente estaba haciendo efecto. Ella misma se dio cuenta. “Perdón Juan, estoy media tomada”, me dijo casi al oído. Mi desconcierto era mayor que el habitual y mayor aun que el que tenía cuando empezó esta charla. Dicen que un gesto vale más que mil palabras, pero en ciertos momentos una sola palabra vale más que cualquier gesto. “Hablemos”, le dije como propuesta y orden. Al principio se resistió, pero después de que le insistiera llamándola por su nombre accedió. Nos retiramos unos metros del lugar donde se concentraba la acción del preboliche. Para mis adentros no sabía si estaba en camino de recibir una gran paliza o una declaración de amor. Cualquier cosa podía pasar. Caminamos unos cincuenta metros prácticamente sin hablar y a medio metro de distancia. Al acercarnos a un árbol ella hico ademán de seguir, pero la invité a sentarnos ahí. Me senté yo primero apoyándome sobre el árbol. Ella lo hizo después sentándose en frente mío. Ninguno de los dos quería tomar la iniciativa. Por eso mismo pasaron unos segundos en silencio; segundos que parecieron años. Normalmente no me molesta el silencio, pero en esta oportunidad quería entender algo de todo lo que había pasado. “Me debes una explicación”, le sugerí con exagerada formalidad. Una sonrisa breve, pero de las que enamoran distendió el clima. Ella tomó la posta y empezó un largo monólogo de excusas. Yo la miraba serio hasta que en un momento no aguanté más: “Carolina qué me queres decir”. Ella se sorprendió porque era muy poco habitual que la llamara por el nombre completo. Tomó aire como buscando fuerzas y empezó a decir lo que realmente quería decirme: “lo que me pasa Juan es que hace una banda de tiempo que estoy enamorada de vos, siempre creí que eras un amigo y nada más, pero con el tiempo me doy cuenta de que sos algo muy importante para mi y tengo la sensación de que yo también lo soy para vos”. Una vez más esta mujer me descolocaba. No sabía si salir corriendo o retomar aquel sentimiento tan fuerte que había experimentado unos años atrás. Preferí una salida humorística. Así, señalándome la mejilla le dije: “vos ya dejaste marca en mi”. Ella sonrió, pero me pidió algo más. Ya sin excusas le dije lo que había sentido toda la vida y lo que probablemente me había prohibido sentir cuando me había resignado a que ella fuera sólo una amiga copada. Le hablé lo suficientemente bien como para que ella avanzara sobre mi y me tomara la mano. A esa altura yo ya le había contado todo lo importante que había sido para mí y lo traumático que siempre había sido tener la obligación de verla como una amiga. Ella asentía en todo. Por eso sin dudarlo avancé sobre ella y nos dimos el mejor beso de mi vida. Frenamos sólo un instante en el que ella sólo se lamentó por el tiempo perdido. Yo asentí y pensé para mis adentros: “y pensar que hay gente que se conforma con una amistad”.

sábado 17 de octubre de 2009

Cambio de estado

Un lugar comun es... imaginarnos el día en que cambiamos de estado.

“¿Estas nervioso?”, me pregunta mamá mientras me mueve para que me despierte. Yo apenas llego a ver algo: un sol radiante golpea sobre la ventana y un desayuno prolijamente servido sobre una bandeja me espera sobre mi escritorio. Sin lograr entender qué pasó, pedí explicaciones. Mamá me responde con una mirada llorosa: “me pareció lindo que tu última levantada en esta casa sea con un buen desayuno”. Yo intento disimular mi asombro y le agradezco con un beso. Evidentemente me perdí un capítulo: ¿a dónde me tenía que ir? Lo primero que pienso es que mi viejo tenía razón cuando cuestionaba tanto mi carrera: mis horas en los trabajos sociales no eran suficientes para irme a vivir sólo y por eso me habían aguantado en casa hasta ese día. Descarto rápidamente esa propuesta: mi madre jamás me echaría de casa; además tengo sólo veinti… ¿cuántos años tengo? ¿qué día es hoy? Me envuelve el desconcierto y no se qué hacer. Deseando que no sea nada raro doy un grito para que me traigan el diario. Me lo acerca un muchacho de unos quince años bastante parecido a mi… ¿es Pedro? De pronto tengo la sensación de que el tiempo se hizo muy largo en la última noche. El diario me confirma la tendencia: arriba a la derecha del diario La Nación se lee 24 de febrero de 2011. Si mal no recuerdo la noche pasada fue un 16 de octubre cuando volví re cagado de aburrimiento de un cumpleaños de un amigo. No logro entender cómo es que pasaron algo así como quince meses sin que yo me diera cuenta. Encima se ve que es un día importante para mí. Las sospechas de esa importancia aumentan cuando aparece papá en acción y me deja un traje muy arreglado colgado en una manija, mientras me felicita por haber elegido ponerme el traje para ese día tan importante. Yo no me animo a preguntar, pero noto que la casa está toda revolucionada. Gloria llora por los rincones y me pregunta si sigo formando parte de “los Molina solteros”. Solamente se me ocurre responderle con una sonrisa. Cada cosa que veo hace que aumente mi preocupación. Encima no se cómo hacer para sacar información sin alarmar a la mayoría. Se me ocurren algunas preguntas ambiguas. Por eso empiezo por preguntar a Mamá si estaba todo listo. La respuesta no era la esperada. “Lo único que falta es llevar los floreros a la iglesia”. De pronto el corazón se me paraliza ¿Me estaré por casar? ¿A quién habré conocido que en sólo 15 meses logré llevarla al altar? ¿Será un matrimonio de apuro? Quisiera volver a la cama y descubrir que todo es un sueño. A pesar de los problemas que podría generar insisto con una pregunta filosa: “¿mamá alguna vez pensaste que esto era una decisión apresurada?”. La respuesta fue tan compleja como las anteriores. Luego de un no rotundo me dijo que siempre me había visto bien encaminado hacia eso y que desde el día en que había sellado la alianza las cosas habían cambiado. Ya no sé qué preguntar, así que sólo me queda construir el resto de la historia. Supongo que me estaré por casar con una chica bastante conocida por lo que no habría sido suficiente un noviazgo muy corto. Se me ocurre que para ganarle a la ansiedad podía pedir ir a la iglesia lo antes posible.
Así hacemos y viajamos rápidamente hasta un santuario en zona norte. Al llegar ya me encuentro con caras conocidas. En su mayoría amigos y compañeros de misión. Esto despierta nuevos planteos: ¿me estaré casando con alguien de la misión? Trato de pensar rápidamente y no encuentro muchas variantes: ¿será que me caso con Cata Ussher o con su prima Magda Richards o con alguna de las amigas de Cate? Ninguna de esas alternativas ameritan un noviazgo tan corto. Me genera algunas sospechas que el casamiento pueda hacerse en un lugar que no es Iglesia. Gloria me confirma que los cantos ya están bien ensayados y que acababa de llegar la última guitarra. Por lo menos destaco que el casamiento se haga con la música que siempre quise. Pregunto cuánto falta para que empiece y me avisan que menos de una hora. Miro a mi alrededor y está casi todo repleto. Puedo decir que el noventa por ciento de la gente son conocidos y el otro diez me suena. Los minutos corren y para detener la ansiedad me voy a sentar adelante. A la hora exacta avanzan por el pasillo central Pablo y Andrés con “Abre tus brazos de fondo”. Nunca me gustó esa canción, pero pienso que le habré elegido porque fue el tema de entrada en mi primera comunión ¿O la habrá elegido mi novia? Una vez que entran ellos dos me quedo con la mirada puesta en el fondo. Siento todas las miradas puestas en mi como expresión de alegría y de lástima. Tal vez por eso noto que mis ojos empiezan a humedecerse y un dolor fuerte en el pecho me obliga a tomar asiento y a tomarme la cabeza con las manos. Se me nubla la vista, cada vez veo menos. Trato de mantenerme en pie y redoblo mis esfuerzos. Aguanto varios minutos y me creo recuperado porque presiento que mi novia estará por entrar. Mi voluntad no es tan fuerte, me parece que lo mejor es dejarme ganar por esa especie de sueño que se ha metido primero en mi corazón y ahora en mi cabeza. Me entrego a eso, ya veremos cómo sigue la historia y quién es mi novia.

viernes 2 de octubre de 2009

Señales del paso del tiempo

Un lugar comun son los signos del paso del tiempo.

Una propaganda de televisión decía algo así como que el paso del tiempo da señales imperceptibles. De esta manera intentaba apurar a los jóvenes a elegir –creo- una jubilación. Más allá de lo simpático de la propaganda (y de lo bueno que estaba la chica que decía con voz dulce “señor, señor”), considero esta afirmación bastante errónea ¿Saben por qué? Adivinaron: para reconocer el paso del tiempo caemos en los Lugares Comunes. De esta manera hay algunos signos que la vida da y que pueden leerse como señales del paso del tiempo.

Hagamos una mirada por alguno de esos.
Cuando uno debe cambiar la billetera con velcro (o como dicen mis amigos del interior, con abrojos) y muchísimos cierres por una de cuero y con olor a plata, algo ha cambiado. Si encima el color predominante de los billetes que uno lleva adentro se inclinan más a los rojos que a los azules, quiere decir que ha pasado mucho más tiempo. Si además las tarjetas que se llevan ya no son de sacoa, de musimundo o del automac sino de la obra social, del sube o de débito quiere decir que mucho tiempo ha pasado.
Cuando la afeitada comienza a ser un hábito necesario para hacerlo dos o tres veces por semana, quiere decir que los pelos han vencido a los chaqueños y que la adolescencia va quedando en un segundo lugar.
Cuando la hora no está marcada por números cuadrados sino por agujas también es una buena señal. Puede haber pasos intermedios como cuando se usan relojes de agujas con algunos chiches, como cronómetros, como calendario o luces. Ante esto una advertencia como si fuera una máxima: la persona que usa reloj muñeca de agujas con muchos botones es señal de que no admite el paso del tiempo.
Cuando uno debe dejar de usar ropa porque ya no es que le queda chica sino que no le sienta bien quiere decir que el paso del tiempo ha dejado secuelas físicas. Que esta remerita no me queda, que esta remera me marca mucho…
Cuando uno debe recordar tantas cosas que necesita una agenda como ayuda memoria es un signo positivo del tiempo. Cuando pensamos en agenda debemos aceptar las innumerables versiones que esta nos da.
Cuando escuchamos más radio AM que FM (sea la radio que sea y el programa que sea) quiere decir que algo ha pasado. Lo mismo ocurre cuando uno puede ver TN durante un buen tiempo sin aburrirse y, sobre todo, logrando entender eso que ven y que dicen. Eso sí, cuando uno se detiene demasiado en Crónica ya no es señal del simple paso del tiempo sino del viejazo; más aun cuando eso ocurre por las noches cuando repiten recitales del año del pedo.

¿Coincide conmigo? ¿Tiene muchos de estos signos? Ánimo, a no desilusionarse. Es que estos signos del paso del tiempo como Lugares Comunes tienen su faceta muy positiva. De alguna manera son invitaciones a la vida, al crecimiento, al asumir nuevas responsabilidades y al futuro mismo y ¡qué más atrapante que eso!
Es cierto que en tiempos de adultescencia y en donde lo único importante es “que nos volvamos a ver” puede ser un poco chocante. Estimado lector, no tema el paso del tiempo; téngale más temor al paso de la vida que no es vivida, que no es aprovechada y que no es asumida.

viernes 18 de septiembre de 2009

Ha llegado la hora de tu amor.

Un lugar comun es... dejar las declaraciones de amor para las mujeres.

En la muchas veces cultural división entre lo que es de varón y lo que es de mujer hacer, es un Lugar Común dejar el amor del lado de lo femenino. Los hombres solemos pensar que el amor únicamente “debe ponerse más en obras que en palabras”. Puede ser que esto responda a una naturaleza más activa del hombre y una naturaleza más contemplativa de la mujer, pero francamente me parece una arbitrariedad. Siendo Dios Amor, y habiendo Él creado al hombre a imagen y semejanza suya suena contradictorio limitar el amor a las acciones ya que en realidad el amor corresponde a su misma esencia. Sin embargo, ¿por qué caemos en eso?
La respuesta es la misma que vengo dando hace mucho tiempo. Ante los momentos de inseguridad, de fragilidad o de dudas nos aferramos a lo que está políticamente correcto, a lo aceptado por la mayoría; entramos a los Lugares Comunes. Así la dimensión amorosa/afectiva del hombre queda relegada a un Lugar Común. Entremos en esto…

Cuando una niñita siente amor por su madre, le hace un dibujito y le escribe con letras desprolijas “te ciero mucho”. Cuando un niño siente amor por su madre, reflexiona sobre su conducta e intentará portarse mejor, ayudar a poner la mesa.
Esa situación nos remonta a nuestra infancia, pero a medida que crecemos las manifestaciones de amor difieren en las mujeres y en los varones. De más grandes, cuánto más un grupo de amigas se dicen te quiero que un grupo de varones (si es que estos alguna vez lo hacen). Son pocas las oportunidades en que se da porque siempre está el temor de quedar como un maricón; y si efectivamente se da seguramente será con una huella alcohólica de por medio.
Si bien esto se nota mucho en la relación entre varones, las expresiones de amor del varón para la mujer también son difíciles de canalizar. Esto pasa sobre todo fuera de la vida de pareja donde encontraremos un abanico de Lugares Comunes para que se den estas manifestaciones. Esta dificultad ofrece al sexo como mejor remedio, como mejor palabra y a posibles sensaciones posteriores de vacío porque en realidad no la quería para tanto y no sabía cómo decirlo.
Para la comunicación del amor entre los hombres quedan caminos oscuros. Tal vez una declaración en medio de festejos. Tal vez una palabra en momentos fuertes. Tal vez encontremos también caminos poco imaginados en una relación de varón a varón. En todo caso son todas muestras de lo dicho al principio: la comunicación del amor en los varones por medio de la palabra ha sido prohibida.

Por eso te escribo a vos joven varón, a la vez que lo escribo para mi, usando las palabras de un santo amigo: ha llegado la hora de tu amor.